LECTURA 2. Literatura de la Conquista

 El viejo mundo y el nuevo mundo. Una confrontación perdurable

El encuentro de dos culturas

El encuentro de dos culturas

La lectura contextualiza brevemente el ambiente cultural, social, político, religioso y literario en que se desarrolla toda la producción de las crónicas, en especial en el territorio del Nuevo Reino de Granada.

 

El Nuevo Mundo era en el momento del descubrimiento, un mundo ya viejo que tenía el recuerdo de su prehistoria, de la existencia de culturas antiguas. Desde entonces, -no con el criterio europeo como erradamente solemos llamar nuestra prehistoria- ese mundo viejo se estaba integrando en grandes imperios indígenas desde el norte hasta el sur de América, tenía plena conciencia de su propia historia, y la estaba haciendo dentro de un propósito de integración cultural a finales del siglo XV cuando irrumpió abruptamente el hombre europeo.

 

Las leyendas y mitos aborígenes recogían tradiciones de estas culturas antiquísimas que no conocieron los aztecas, ni los mayas, ni los taironas, ni los incas, y las consideraban su prehistoria, nuestra prehistoria.

 

Desafortunadamente, el hombre occidental no descubrió voluntaria o involuntariamente estas maravillas del ser indígena, pues como todos sabemos tenía otros intereses. Al contacto con el “Viejo Mundo” (América), el español se transformaba profundamente y dejaba de ser europeo para convertirse en un criollo americano. En la mayoría de los conquistadores, existía la voluntad de evadirse del Viejo Mundo (occidente) y de crear nuevos reinos y nuevas culturas en una tierra “que creían” virgen culturalmente. 

 

Lo que se operó en últimas, fue la resultante de la descomposición de muchas culturas, no sólo nuestros faustos imperios antiquísimos, sino las grandes monarquías europeas, dando origen a incipientes estados de dominación y de dependencia. Nosotros fuimos el último capítulo de la historia del imperio español que, como se sabe, comenzó con la toma de Granada y terminó con la Independencia de América. La conquista del siglo XVI desplazó prácticamente a las grandes culturas indígenas pero paralelamente las transformó mediante un proceso “culturizador y evangelizador”. 

 

Crónicas del Nuevo Reino de Granada 

 

Junto a ese mundo descubierto por Colón, también estaba el mundo del pensamiento, de la cultura, del genio español que creaba un nuevo tipo de cultura y llegaba a su máximo esplendor literario con diversas manifestaciones en lírica, novela, teatro, historia y filosofía. Tras el descubrimiento, vinieron los grandes navegantes, los conquistadores y los misioneros. Entre ellos los había eruditos, humanistas, científicos, filólogos y etnólogos pero también, los había de baja condición. 

 

La conquista española y portuguesa al ser una empresa de alcances heroicos, inspiró como consecuencia, una literatura igualmente heroica. De la misma manera, la historia del descubrimiento y conquista fue plasmada por escrito por los partícipes en los hechos narrados o en otros casos, por los mismos protagonistas; todo esto contribuyó a dotar a la historia de América, de un realismo y un colorido propios que hacen de los cronistas de Indias uno de los momentos más interesantes de nuestra historia y en general de nuestra cultura. 

 

La “intención literaria” del cronista nace de la expresión del asombro y de la curiosidad: lo real maravilloso, la exuberancia y la magnificencia de América se arraigan con sorpresa e ingenua admiración y a la vez de codicia en el espíritu de los cronistas y lo plasman por escrito en cartas, en relaciones o en crónicas. Los conquistadores-escritores por ser hombres de acción, no eran en sentido estricto, contemplativos ni creadores de belleza literaria, lo que les interesaba primordialmente era al hombre que debían o querían evangelizar y civilizar; proteger, explotar o esclavizar. Ese carácter aventurero es lo que originaba y los hacía “inesperados escritores”, incluso a insignificantes soldados casi analfabetos que relataban pormenorizadamente hechos, acontecimientos, adornándolos de incidentes como en el género narrativo. Existían otras personas con intereses muy diferentes a la aventura, como eran los integrantes de las comunidades religiosas y los humanistas, que en su mayoría tenían un elevado bagaje de cultura, de erudición y de estilo. 

 

En efecto, las crónicas en primera instancia obedecen o están motivadas por ese impulso del hombre a relatar y conservar los propios hechos junto a la noticia de lo visto y lo oído y a investigar, completar y dar a conocer la historia de las culturas aborígenes, máxime cuando el interés del conquistador o del misionero estaba centrado en las maravillas y bienes (materiales o espirituales respectivamente) que le podía proporcionar el Nuevo (¿Viejo?) Mundo. El contraste físico y social entre los dos modos de vida: del europeo y del indígena y las dramáticas aventuras de conquista, impresionaron la sensibilidad del conquistador, motivándolo a narrar el maravilloso espectáculo que se ofrecía a su experiencia. 

 

La segunda instancia que interviene en la motivación de la crónica, comprende dos tipos de tensión: a) la problemática política, económica, social y religiosa originada por las tensiones manifestadas entre indígenas y conquistadores, entre conquistadores y las instituciones europeas de Estado e Iglesia y b) la problemática de las relaciones entre indígenas y misioneros, entre conquistadores y misioneros y entre estos dos últimos con las instituciones europeas. 

 

Las comunidades religiosas, en especial la de los Padres Dominicos, fueron las que más defendieron al indígena en su proceso evangelizador no solamente ante el conquistador sino ante la corte española. 

 

Es precisamente junto al aparato jurídico-económico de la península ibérica en el contexto de la primera mitad del siglo XVI, cuando determinadas manifestaciones culturales comienzan a desarrollarse, donde se destacan por un lado, la generación de escritores españoles como son los cronistas y humanistas que vivían en diferentes localidades del nuevo mundo; por ejemplo, Juan de Castellanos que vivió entre nosotros y redactó sus Elegías de varones ilustres de Indias. Por otro lado, están los escritores criollos que viajan a España atraídos quizás por el boato de la metrópoli, por circunstancias diversas o por razones particulares; es el caso de Juan Rodríguez Freyle cuando expresa: “Yo en mi mocedad, pasé de este reino a los de Castilla, adonde estuve seis años… …con deseo de seguir en ella el principio de mis nominativos”. En efecto, los cronistas al ver con alborozo sorpresivo los nuevos aspectos que a su vista se ofrecían, tienen que convertirse en geógrafos, historiadores y etnógrafos. 

 

Según Moreno-Durán, el incipiente desarrollo de una literatura en sentido estricto, obedeció entre muchas otras razones a dos circunstancias: a) a las disposiciones legales de Carlos V que prohibía la redacción, publicación y circulación de obras de imaginación pura. El Consejo de Indias quedó encargado de censurar toda obra que llegara a sus manos b) a la precaria (y casi inexistente) actividad editorial en América[3]. Otro hecho de mencionar, es la prohibición de la imprenta según Camilo Torres.   Sin embargo, hubo violaciones a estas disposiciones legales pero en círculos muy minoritarios sin mayor trascendencia, dejando espacio propicio para que se cumpliera lo reglamentado por la corona española: 

 

No obstante estas aisladas violaciones, las disposiciones de la censura cumplieron su cometido en su mayor parte y el aislamiento cultural que sufrió América en estos primeros años fue casi total, al extremo de que el ejercicio literario por excelencia lo constituyó la crónica, este sobrio “genero (…) que, aparte los desvaríos de ciertos frailes, dejó testimonio fidedignos y objetivos.

 

Con todo, la crónica colonial es una fuente básica no solamente para la investigación histórica y filosófica, sino también literaria. Es una base documental de una gran cantidad de riqueza informativa. No se debe ver meramente como un relato descriptivo porque en sí misma posee toda una intención histórica que refleja concepciones, valoraciones y explicaciones, tratando de captar la realidad a la que se enfrentaba. Tal como ya hemos afirmado, los conquistadores, soldados y misioneros, se preocuparon por comunicar a la posteridad o a las autoridades españolas los más importantes acontecimientos de las luchas de conquista. Jorge Orlando Melo, afirma al respecto: 

 

Tal vez la misma falta de rigurosa preparación científica y de cristalización de una forma aceptada de escribir historia (y literatura) les permitió interesarse por las costumbres de las sociedades indígenas, la vida cotidiana de las poblaciones coloniales, los actos administrativos vinculados a la vida económica y social, el desarrollo de las primeras instituciones culturales, etc. 

 

La clasificación de las crónicas se puede establecer en: diarios de navegación y cartas de relación escritos por los mismos descubridores, por ejemplo Cristóbal Colón y Américo Vespucio; narraciones de los cronistas oficiales, cargo creado por la corona española en 1571, como es el caso de Fray Antonio de Guevara (1526) y Gonzalo Fernández de Oviedo, con Historias de la evangelización del Nuevo Mundo. Por ejemplo, Fray Bartolomé de Las Casas; las crónicas compuestas por indios o mestizos, está el caso del renombrado Inca Garcilaso de la Vega; y por último, las historias particulares no ya de los indígenas en general, sino de territorios determinados, como por ejemplo el del Nuevo Reino de Granada. 

 

La crónica específica sobre el Nuevo Reino de Granada tiene su origen y pleno desarrollo durante los siglos XVI y XVII. Los cronistas se presentan como los auxiliares de los historiadores con unos fines muy bien definidos; la investigación, en el sentido de contar hechos históricos. Este tipo de crónicas presenta dos etapas:  La primera de ellas se caracteriza por el vivo deseo de los cronistas, participantes o no en los hechos de la época, de sacar del olvido en que caían los sucesos del Nuevo Mundo y así dejar memoria de ellos a la posteridad. Las crónicas más importantes que corresponden a esta etapa son: Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, (Bogotá, 1955); Fray Pedro de Aguado, Recopilación historial, (Bogotá, 1956, 1957); Fray Pedro Simón, Noticias historiales de las conquistas de tierra firme, (Bogotá, 1882, 1892; 1953). 

 

La segunda etapa de las crónicas presenta un cambio notorio en cuanto que:

 

Lo que ahora comienza a entregarse a la percepción son los episodios de una cotidianidad de grávidas conmociones; la época de las “Grandes hazañas” y de los candentes problemas del asentamiento habían transcurrido y la crónica entonces empieza a nutrirse del recuerdo glorioso de aquel pasado (…), y de aquello que de alguna manera se presenta ahora como la historicidad: los habituales sucesos administrativos de gobernantes civiles y religiosos (…), y los curiosos episodios del anecdotario provincial y conventual. 

 

El ejemplo más importante de esta etapa son las crónicas escritas por Lucas Fernández de Piedrahita, Historia general de las conquistas del Nuevo Reino de Granada, (Bogotá, 1881; Bogotá, 1942); Juan Flórez de Ocariz, Genealogías del Nuevo Reino de Granada, (Bogotá, 1943), Fray Alonso de Zamora, Historia de la Provincia de San Antonino del Nuevo Reino de Granada, (Bogotá, 1945); Juan Rodríguez Freyle, El Carnero, (Bogotá, s.f.). 

Ahora bien, la crónica no es un relato neutro; en sí misma es un ordenamiento de los hechos en un “discurso” cuyo texto contiene ideas y concepciones mediante las cuales los cronistas observan, captan, ordenan y describen literariamente o no, los sucesos y concepciones que de alguna manera cumplen una función en el contexto de la problemática de su época. 

 

¿Dónde o en qué radica el valor literario de las crónicas de Indias?, ¿tienen más un valor histórico que literario, o viceversa?

 

Bernal Granados Carlos. Momentos de la Literatura Colombiana. Bogotá: USTA, 1999, p. p. 52-56)

 

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